Toda historia tiene un final y esto lo sabe muy bien un
jinete, un jinete alto, imponente y con una mirada vacía y a pesar de ello tan
profunda y penetrante como un océano. Este jinete se encuentra en una cueva
completamente bloqueada por un hombre que pretende evitar la entrada de
cualquier ser en ella, pero este jinete no conoce el significado de una puerta
cerrada, él desde siempre ha entrado donde ha debido o querido.
Esta vez está en una cueva por placer y no por motivos
laborales, y no está solo. En la cueva hay un hombre más, un hombre alicaído,
un hombre que espera encontrarse con el jinete. Es un hombre de entorno al 1,80
de estatura, músculos tremendamente desarrollados, piel morena creada por una
exposición constante al sol. Lo más llamativo del hombre es claramente su
rostro, un rostro de los que es difícil calcular su edad. Más cicatrices se
pueden ver en su cara que pelos en su negra barba, y qué decir de su mirada, no tiene nada que envidiar a la del
jinete, una mirada de las que parecen tan antiguas como la misma madre tierra,
algo acrecentado por el color marrón de sus ojos.
El hombre está sangrando, escribe con su propia sangre una
nota, la que posiblemente sea la última, la nota la escribe el alma temiendo despegarse hoy de su cuerpo, los
motivos no son infundados dado que el cuerpo tiene heridas mortales y los
causantes de las mismas están buscando acabar el trabajo empezado.
El jinete observa la situación, mira un reloj de arena y
piensa: “¿Cómo vas a escapar de esta ahora amigo mío?” A decir verdad al jinete
si hay algo que realmente le molesta son esas personas que hacen todo lo
posible por no encontrarse con él, ¡Si él solo quiere amenizar el viaje!
Se oyen ruidos fuera, alguien va entrar en la cueva, el hombre
esconde la nota y recoge su espada diciendo en voz alta –Mi última batalla.
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