domingo, 14 de octubre de 2012

El jinete


Toda historia tiene un final y esto lo sabe muy bien un jinete, un jinete alto, imponente y con una mirada vacía y a pesar de ello tan profunda y penetrante como un océano. Este jinete se encuentra en una cueva completamente bloqueada por un hombre que pretende evitar la entrada de cualquier ser en ella, pero este jinete no conoce el significado de una puerta cerrada, él desde siempre ha entrado donde ha debido o querido.

Esta vez está en una cueva por placer y no por motivos laborales, y no está solo. En la cueva hay un hombre más, un hombre alicaído, un hombre que espera encontrarse con el jinete. Es un hombre de entorno al 1,80 de estatura, músculos tremendamente desarrollados, piel morena creada por una exposición constante al sol. Lo más llamativo del hombre es claramente su rostro, un rostro de los que es difícil calcular su edad. Más cicatrices se pueden ver en su cara que pelos en su negra barba, y qué decir de  su mirada, no tiene nada que envidiar a la del jinete, una mirada de las que parecen tan antiguas como la misma madre tierra, algo acrecentado por el color marrón de sus ojos.

El hombre está sangrando, escribe con su propia sangre una nota, la que posiblemente sea la última, la nota la escribe el alma  temiendo despegarse hoy de su cuerpo, los motivos no son infundados dado que el cuerpo tiene heridas mortales y los causantes de las mismas están buscando acabar el trabajo empezado.

El jinete observa la situación, mira un reloj de arena y piensa: “¿Cómo vas a escapar de esta ahora amigo mío?” A decir verdad al jinete si hay algo que realmente le molesta son esas personas que hacen todo lo posible por no encontrarse con él, ¡Si él solo quiere amenizar el viaje!

Se oyen ruidos fuera, alguien va entrar en la cueva, el hombre esconde la nota y recoge su espada diciendo en voz alta –Mi última batalla.

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